"Vanidad equivale a vano, vacío o, lo que es lo mismo, a fatuidad, falta de juicio, y una muchacha sin juicio no puede tener carácter, sería un alma chica, apocada, sin ideales, sin amplitud de horizontes, que sólo vería las cosas por de fuera, y que, en vez de tejer la tela inmortal de su vida, tejería tan sólo telas de araña...
Pero me dirás: «Yo no soy vanidosa, sino tan sólo coqueta...» Bien, no cabe duda que una mujer es siempre ornato y gloria de su casa y ha de tratar de agradar a todos cuantos la rodean; pero sin que este agrado y ornato sean el fundamento y ocupación de su vida. Consumir su tiempo en acicalarse y componerse no debe hacerlo ninguna mujer, menos una joven de carácter.
Aseo, limpieza, higiene, gusto por aque llo que favorece su persona, ésa es la coquetería necesaria a toda mujer...lo superfluo, lo que desfigura el rostro, lo que cambia la expresión que Dios le puso, eso no es coquetería, sino vanidad. La coquetería bien administrada es fuente de gracias y atractivos; vanidad es, no pocas veces, el camino de los vicios. Vanidad es hacer de un traje el motivo único de la vida; vanidad es estar pendiente del espejo constantemente; vanidad es dedicar a nuestro aseo más tiempo del que aconseja la prudencia. El baño, a ser posible, diario; el peinado, la limpieza de la boca y de las prendas de vestir, todo esto es coquetería, dando a esta palabra el sentido fundamental de bien parecer que antes indiqué.
Si eres bella, no te gloríes de ello; es don prestado; da gracias a su Dador; si tienes hermosa cabellera, buena estatura o graciosas formas, piensa que no son tuyos. Son dones prestados que estás obligada a cuidar y que no tienes derecho a desfigurar. Todavía comprendo que ayudes a tu natural ora con buen peinado que da más gracia al rostro, ora con un vestido de buen corte y color adecuado. Así realzas doblemente estos dones de Dios; pero no admito que dediques tu tiempo exclusivamente a bien parecer, estudiando ante el espejo posturas interesantes, gestos graciosos."
La Joven de Caráccter, Monseñor Tihamer Thót (páginas 51-54).
