"La «cuestión de la mujer» es, sin duda alguna, uno de los problemas más manoseados de nuestra época: habla de la mujer el médico, el político, el sociólogo, el teatro, la literatura; también el sacerdote ha de hablar. Examinemos cuál es el concepto de Jesucristo y de su Iglesia respecto de la mujer. Quiero aclarar dos puntos: I. A qué altura ha llegado la mujer con Cristo, y II. Qué sería de la mujer sin Cristo.
¿Qué debe la mujer a Cristo? Basta mirar cuál fue su suerte antes de que el Verbo se hiciera carne. ¡Qué vida más humillante tuvo aun en la culta sociedad griega!
Es cosa harto sabida que la mayoría de los habitantes de Grecia se formaba de esclavos. Como a los esclavos se les prohibía, en general, el matrimonio, tal hecho acarreaba la consecuencia de que la mayoría de las jóvenes griegas no podían casarse. Por tanto, lo que les cabía en suerte era una espantosa degradación moral. Y si una esclava llegaba a casarse, su matrimonio podía disolverse a beneplácito de su dueño.
No era mejor la condición de la mujer en las altas clases sociales. El joven griego se veía enriquecido por toda la cultura espiritual de su época, mientras que las muchachas no sabían más que bailar y cantar. Dada esta gran diferencia espiritual, no se podía tratar entre hombre y mujer de una perfecta compenetración y unión, de aquella armonía completa sin la cual no es posible una feliz convivencia conyugal. Principalmente, si tenemos en cuenta que no era el joven quien escogía la esposa, sino que se la señalaba el padre.
¿Y la situación de la mujer en el matrimonio? Tenía aposentos apartados en la casa y no podía abandonar la dependencia con-sagrada a las mujeres, a no ser para prácticas religiosas; había guardias especiales para que la mujer nunca pudiese salir de casa. Cuando al esposo se le antojaba el divorcio, era libre de su mujer. La mujer no podía realizar contratos de negocios, no podía comprar, no podía servir de testigo. Cuando se quedaba viuda, el hijo mayor era su tutor...
¿Encontraba por lo menos su alegría en los hijos? Ni en ellos. El padre tenía derecho a fallar al quinto día después del nacimiento del hijo, si quería aceptarlo o si prefería echarlo para que pereciese de hambre. Y cuando el niño salía enfermizo o era muchacha la recién nacida, no le costaba al padre fallar sobre el asunto. Más le cuesta hoy al ama de casa escoger entre los gatitos recién nacidos cuál ha de conservarse. Es algo que espanta, pero así sucedía. La mujer griega no tenía dignidad, no tenía libertad, no era amada, y se veía privada de toda clase de derechos. Que el pueblo griego en el apogeo de su cultura se haya quedado atrás en punto a la Humanidad y elevación moral, no lo achacamos al mismo pueblo, sino a la mezquindad humana, que va titubeando en la oscuridad si no es iluminada por la luz de Cristo.
Y si tal era la suerte de la mujer en el seno del pueblo más civilizado de la antigüedad, ¿qué podemos esperar de los pueblos bárbaros? ¿Puede causarnos maravilla si los hombres sencillamente se compraban la esposa y el padre vendía su hija al pretendiente? ¿Que la poligamia haya estado de moda? ¿Que todo el peso del trabajo cargase sobre la mujer?...
¡Oscura, muy oscura era la noche de la mujer antes de Cristo!
Y esta noche oscura se ve de repente iluminada por la luz tenue de la estrella de Belén. Llega Cristo; regocijaos todos los oprimidos, todos los pecadores, los pobres, los niños, las mujeres...regocijaos.
¿Qué debe la mujer a Cristo? En primer lugar, que el hombre se haya dignado hablarle como a una persona de igual rango. Esta proposición no ha de sorprender a nadie. A los escribas y doctores judíos se les prohibía hablar con una mujer, aunque ésta fuera su propia hermana. Nuestro Señor Jesucristo rompió con esta regla humillante. ¿Qué nos dice la Sagrada Escritura al describir la escena en que Jesucristo platica con la Samaritana? Cuando los discípulos vuelven de la ciudad y encuentran al Señor hablando con la Samaritana junto al pozo de Jacob, consigna la Sagrada Escritura: «Sus discípulos extrañaban de que hablase con aquella mujer» (Jn 4,27). Pero el Señor no inquietó por ello, y éste fue un paso decisivo en favor del aprecio, de la emancipación de la mujer.
Ahí están, además, las hermosas parábolas del Señor, en que tantas veces se acuerda en tono cariñoso de los pesares, de los sufrimientos, de los quehaceres de la mujer. Sócrates, el gran sabio, cuando se empezaba a hablar de filosofía, hacía salir del cuarto a las mujeres, para que no turbaran la sabiduría de los hombres; en cambio Cristo, la luz del mundo, saludaba con benevolencia a las
mujeres de su auditorio, a las madres, y con ello daba a entender que ellas tienen también un alma inmortal tan valiosa como puede ser el de los hombres. Realmente Cristo es Rey de las mujeres.
¿Y he de recordar aún otros hechos del Señor? ¿He de resaltar aún más el corazón amoroso de Cristo? Mirémosle, pues, cuando resucita al hijo de la pobre viuda de Naím; ¡qué compasión debió de sentir para con aquella madre deshecha en llanto!
Mirémosle cuando bajo el fuego de las miradas escandalizadas de los fariseos habla amorosamente a la Magdalena arrepentida, tan avergonzada de sus culpas; ¡qué compasión debió de sentir para con ella! Escuchemos cómo confunde la soberbia de los fariseos cuando arrastran a sus pies a la mujer pecadora para que sea apedreada; ¡con qué amor lleno de perdón le habla! Y mirémosle cuando cargando con la cruz y cubierto de sangre, cuando más consuelo necesitaría, se olvida de sí mismo y consuela a las mujeres que lloran. ¡Oh!, ¿es necesario insistir todavía en lo que debe la mujer a Cristo, quien las eligió a ellas, las que habían ido a visitarle a la tumba, para que fuesen las primeras en conocer que había resucitado, y llevasen tan alegre noticia a los apóstoles?
Y del mismo modo que respetó Cristo a la mujer, la respetó también la Iglesia, el Cristo místico que sigue viviendo entre nosotros. No se puede enumerar el cúmulo de bendiciones que brotó de la actitud de la Iglesia para la mujer.
Ya en los primeros siglos del Cristianismo la Iglesia se vale de las mujeres, a las que Dios ha dotado de maravillosas cualidades, para ejercer por doquier la caridad cristiana en todas sus manifestaciones; aún más, en la Edad Media les franquea el paso a las academias. Por tanto, la educación espiritual, la instrucción y elevación de la mujer no es una obra de los nuevos tiempos, sino de la Edad Media católica, a la cual se le da el epíteto irónico de «oscura». Tenemos datos para demostrarlo. Tenemos datos de que cuando Rousseau escribía a D'Alembert y le decía que la mu-jer no puede tener talento ni sentido del arte; cuando Kant pre-gonaba a los cuatro vientos que a la mujer le basta con saber que en el mundo existen otros universos y otras bellezas que no sean ella, ya entonces, y aun mucho antes, en el siglo XII, la Iglesia había promovido a las mujeres para que ocupasen cátedras en las Universidades de Salerno, de Bolonia, de Padua.
Jesucristo fue quien mostró por vez primera la hermosura del alma femenina, y gracias a Cristo la mujer ha llegado a ser lo que es en la actualidad: compañera del hombre, consorte de igual jerarquía que él. Únicamente el Cristianismo ha reconocido como nadie la belleza del alma femenina —la Virgen María es el mayor ejemplo—, y las extraordinarias con que Dios las ha dotado: gran corazón, ternura, belleza, capacidad de entrega y de sacrificio, delicadeza de espíritu, fina sensibilidad para el cuidado las personas, sobre todo de los más pequeños y débiles, etc. "
Cristo Rey, Monseñor Tihamer Thót (páginas 107-108).
